Correr una media maratón siempre ha sido un paso importante para cualquier corredor. No importa si vienes del triatlón, del trail o si solo corres por diversión, los 21 kilómetros tienen algo especial. Y en mi caso, esta primera experiencia fue una montaña rusa total: emoción, dolor, reflexión y, sobre todo, aprendizaje.
La decisión inesperada
Esta competencia no estaba en mis planes.
De hecho, llevaba semanas con una pequeña lesión en el pie, y mentalmente ya había aceptado que no iba a competir por un tiempo. Pero uno nunca sabe qué puede pasar. Un día, alguien que me seguía en redes me escribió para ofrecerme una inscripción. No lo pensé mucho. Le agradezco muchísimo porque gracias a ese mensaje terminé viviendo algo que no planeaba, pero que me dejó mucho.
¿Estaba preparado para correr una media maratón?
Sinceramente, no del todo. Venía de un descanso largo después de mi primer Ironman 70.3. Había bajado bastante el volumen de entrenamiento, y aunque seguía corriendo, no lo hacía con estructura ni del todo bien. No estaba haciendo fuerza, no estaba cuidando tanto la alimentación, y mentalmente estaba más en modo recuperación que en modo competencia. Pero cuando se presentó la oportunidad, algo dentro de mí dijo: hagámoslo igual.
La base física que me salvó
He aprendido que los entrenos y las competencias a lo largo de los años construyen una base que te sostiene incluso cuando no estás en tu mejor momento. Llevo más de cinco años practicando deporte de manera “exigente”, con entrenamientos constantes, objetivos grandes y una disciplina que me ha acompañado la mayoría del tiempo (a veces cuesta y es normal).
Eso fue lo que me permitió correr esta media maratón sin preparación específica. No lo recomiendo, especialmente si es tu primera competencia o si querés tener un buen rendimiento. Pero esa base física y mental que se crea con los años hace la diferencia entre abandonar y cruzar la meta.
Mi tiempo final fue 1:37:48, a un ritmo promedio de 4:35 min/km.
No fue mi mejor marca posible, pero me dejó satisfecho. Sentí que podía dar mucho más, pero también entendí que había un límite físico que tenía que respetar.

La línea de salida
El ambiente en la salida era increíble. Ese momento antes del arranque siempre tiene algo de emocionante. Estás rodeado de gente que comparte la misma pasión, escuchás respiraciones nerviosas, relojes ajustándose, y el típico murmullo que se mezcla con la música del evento. Me coloqué entre los primeros, tenía una buena posición, y aunque no planeaba salir tan rápido, la adrenalina siempre gana.
Suena la campana de salida.
Los primeros metros siempre se sienten fáciles, el cuerpo está fresco y la emoción hace que corras más rápido de lo planeado. Miré el reloj: ritmo de 4:00 min/km. Pensé “ok, normal, es el comienzo, ahorita le bajamos”. Pero pasaban los kilómetros y nadie bajaba el ritmo. Íbamos en grupo, apretando, y el cuerpo se sentía bien.
Pasamos los primeros 5 km en 20:40, a 4:08 min/km aproximadamente. Ahí decidí controlar un poco y dejar que el grupo se fuera. Sabía que si seguía así, no iba a sostenerlo. Llegué al kilómetro 10 con un ritmo medio de 4:26 min/km, y justo ahí empezó el verdadero reto.
El inicio del dolor
El kilómetro 10 fue el inicio del dolor.
Esa molestia que había sentido semanas atrás en el pie empezó a hacerse presente. Al principio la ignoré. Pensé: “no pasa nada, es solo una molestia leve”. Pero con cada zancada se hacía más intensa. Me enfoqué en respirar, en el paso, en el ritmo. No pensar en el dolor.
Duró poco.
A los 12 kilómetros, ya dolía bastante. Era imposible ignorarlo. Intenté cambiar un poco la pisada, ajustar la postura, pero nada. Era una molestia constante, que subía y bajaba en intensidad, pero no se iba. Ahí empezó la verdadera competencia, no contra los demás, sino contra mí mismo.

La batalla mental
Durante los siguientes kilómetros, tuve una conversación constante conmigo mismo.
“¿Camino o sigo?”
“¿Vale la pena arriesgarme a empeorar la lesión?”
“¿Y si me detengo un minuto para soltar un poco?”
Fueron 10 kilómetros de una batalla mental intensa. Cada persona que corría a mi lado parecía ir en su mundo, y yo estaba en el mío, tratando de mantener la calma y no dejar que el dolor me ganara.
A pesar de todo, seguía avanzando. El kilómetro 16 fue el punto más duro. Ya no tenía la misma fuerza, el pie dolía, y la fatiga mental era bastante. Pasé ese kilómetro a 4:56 min/km, y a partir de ahí solo me enfoqué en mantenerme en movimiento.
Los últimos 5 kilómetros los corrí a un ritmo de 4:50 min/km. No quería aumentar, pero tampoco dejar que el ritmo cayera. Fue más un acto de resistencia que de rendimiento. Sabía que si lograba mantenerme así, cruzaría la meta con un tiempo decente, sin romperme del todo.

El cierre: más que una meta
Cruzar la meta siempre es un momento especial, sin importar el tiempo que hagas.
Esta vez fue diferente: no llegué vomitando ni casi desmayado, como suele pasarme en otras competencias. Llegué con dolor, sí, pero con una sensación de orgullo.
Había completado mi primera media maratón.
Sin entrenamiento específico. Con una lesión. Pero también con una enorme motivación de seguir compitiendo.
Esa sensación de logro, de haber enfrentado el dolor y no rendirse, fue lo mejor de todo.
Lo que aprendí de esta media maratón
Cada competencia te deja lecciones, y esta no fue la excepción.
Aquí van algunas que me quedaron muy claras:
1. La base lo es todo
No se construye en una semana ni en un mes. Son años de trabajo, disciplina y constancia. Esa base te sostiene cuando no estás al 100%.
2. No siempre se trata del tiempo
Sé que pude mejorar el tiempo si me hubiera preparado mejor, pero a veces se trata de disfrutar el proceso, de sentir el cuerpo, de escuchar la mente.
3. Escuchar al cuerpo no es rendirse
Esto es algo que me cuesta entender, soy una persona muy competitiva y siempre quiero dar el máximo y tratar de sobrepasar mis límites (por eso les comenté que casi siempre llego vomitando y desmayándome), pero poco a poco he entendido que a veces el saber controlarse y escuchar el cuerpo es más importante.
4. La mente es el músculo más importante
En los momentos más duros, el cuerpo ya no responde igual. Es la mente la que decide seguir. Esa conversación interna que todos tenemos en los últimos kilómetros define el resultado.
Después de la meta
Después de la carrera, pensé en lo importante que es recibir el apoyo de las personas, en este caso fue mi novia, estuvo ahí en cada momento, siempre que la veía me sacaba una sonrisa y un deseo de seguir luchando para terminar y claro todas las personas que van a apoyar a todos los atletas.
Pensé en lo importante que es prepararse para un evento así, en todo lo que conlleva hacer una media maratón. Hay que estar fuertes físicamente y mentalmente.
Y aunque terminé con dolor, me fui con una gran sonrisa.
Porque al final, eso es lo que queda: las ganas de volver a competir.
Lo que viene
Ya estoy pensando en la próxima.
Quiero preparar mejor mi siguiente media maratón, llegar con fuerza, sin lesiones, y buscar mejorar ese tiempo de 1:37:48.
El ambiente en la BMW Lindora Run fue espectacular. Todo estuvo muy bien organizado: los puntos de hidratación, la ruta, el público. Correr por esas calles, con tanta gente animando, fue una experiencia que quiero repetir.
Ahora toca descansar, fortalecer, y volver poco a poco.
Tiempo final: 1:37:48
Ritmo promedio: 4:35 min/km
Sensación final: Dolor, pero felicidad pura.

